Una vez más la mayoría de los parlamentarios catalanes han hecho oir la fuerza de su voz contra la dinámica histórica de España tal como han dejado constancia prohibiendo la celebración de espectáculos taurinos en la Comunidad Autónoma.
Una decisión que ha comenzado a levantar unas impresionantes oleadas de protesta por el arraigo y la esencia tradicional que existe en la configuración del mundillo taurino repleto de todo un largo proceso de manifiestaciones de hondura artística y cultural como han puesto de relieve, a lo largo de los tiempos, numerosas personalidades.
El espectáculo de los toros, de una particular idiosincrasia española, y un impresionante recorrido de majestuosidad y belleza, de emoción y creatividad, de sensibilidad y riqueza, sufrió ayer la ira de la fiebre nacionalista catalana en una Comunidad Autónoma en donde tanto trabajo cuesta señalar, con hondura y emoción, la palabra España que a tantos nos llena de orgullo y de honor.
Los toros conforman un espectáculo y una fiesta de excelencia y sabor español, creada y configurada paulatinamente en el transcurso de los tiempos, con especiales bellezas y configuraciones y estampas costumbristas, y que encuentra todo un largo recoveco de sensibilidades en la crianza de los toros, en el apartado, en las tertulias, en el comportamiento de toros y toreros, en la multiplicidad de pases, en el paseillo, en el ambiente histórico y festivo cuajado de raigambre popular, en la dura brega de la lidia, en los elementos costumbristas que han ido imprimiendo, de forma paulatina, ese sello de especial consideración que hay en la fiesta nacional.
Cataluña dio ayer un paso en falso en ese comprometido empeño de ir distinguiéndose, porque sí, de España. Una impresionante tierra, la catalana, y en la que ese continuado pulso de nacionalismo, tantas veces falaz, es capaz de superar el ritmo de las tradiciones que tanto unen a España por un capricho innecesario cuando todo el territorio nacional siente en su epidermis el fervor más solemne por las corridas de toros.
La decisión del Parlamento Catalán de ayer, digan lo que digan, no supone más que una enloquecida carrera de fiebre antiespañolista.